jueves, 26 de febrero de 2009


Fotos (según las manecillas del reloj): Badiou, Sarkozy, Bensaïd, Besancenot (Tomadas de Internet)

Respuesta a Alain Badiou
Por Daniel Bensaïd

Traducción (muy imperfecta) de José A. Laguarta Ramírez
Revisada por Antonio Carmona Báez

Tomado de 24 heures philo.

En su número del 27 de enero de 2009, el periódico francés Libération publicó una larga entrevista (no disponible gratuitamente por Internet) con el filósofo Alain Badiou, donde éste expresaba su escepticismo ante al lanzamiento del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). El probable candidato del NPA, Olivier Besancenot, ya es colocado por las encuestas como el "principal rival" del actual Presidente derechista Nicolas Sarkozy, por encima de los candidatos de los partidos de la izquierda tradicional francesa (Socialista, Comunista y Verdes).

El también filósofo y militante del NPA, Daniel Bensaïd, le responde aquí a Badiou. Reproducimos la respuesta de
Bensaïd por la importancia de este debate sobre la participación electoral de la izquierda, recordando no obstante que el mismo se desenvuelve en el contexto político específico de Francia. El Grupo de Trabajo Universitario y la Junta Editora de Apuesta no necesariamente se identifican con una u otra posición.

La revolución se ha hecho “un concepto vacío” y “ni el NPA prepara la revolución”, dices. La situación es en efecto “comparable a la de años 1840”. Al día siguiente de la Restauración, sobreviene un momento de renacimiento de las luchas sociales y de fermentación utópica. La idea de la revolución sobrevive entonces como mito, más que como proyecto estratégico: “Lo que pasó en la época, fue una reconstrucción intelectual alimentada por experiencias obreras aisladas: los comunistas utópicos, el Manifiesto de Marx, etc.” Este “etc.” enumerativo intenta borrar el hecho de que se esboza entonces una diferenciación entre socialismo utópico y comunismo, una transición del “comunismo filosófico” al comunismo político, que sanciona, en 1848, el encuentro de una idea (el Manifiesto) y de un acontecimiento (la revolución de febrero y la tragedia de junio).

De igual forma, desde el giro de los años 90 – el levantamiento zapatista de 1994, las huelgas del invierno de 1995 en Francia, las manifestaciones altermundialistas de Seattle en 1999 – se van diferenciando un antiliberalismo resistente a los excesos y abusos del universalismo, y un anticapitalismo renaciente que vuelve a cuestionar la lógica misma de la acumulación del capital. Recupera así el color, como bien escribes, “la idea de una sociedad cuyo motor no sea el privado, el egoísmo y la rapacidad”. Para esta idea, ciertamente no basta refundar un proyecto para derribar el orden establecido. Esta idea comienza a trazar la línea entre quienes aspiran a refundar un capitalismo “moral” y sus adversarios irreductibles, que pretenden volcarlo: “La hipótesis comunista es un intento de volver a investir el presente de otro sesgo que no sea la necesidad.”

Compartimos contigo estas convicciones y la oposición intransigente al orden establecido. Estamos de acuerdo mucho menos con la manera de abordar el balance del Siglo al cual consagraste un bello libro. Tienes razón en decir que los criterios de juicio que generalmente se aplican sobre lo que convino llamar la experiencia comunista, son los de la eficacia económica y normas institucionales del mundo occidental. De modo que el veredicto está predeterminado. ¿Basta ello por lo tanto, desde el punto de vista opuesto, de los explotados y oprimidos, para constatar que “los medios adoptados fueron desastrosos”, como si se tratara de un error simple – o de una “desviación” simple como lo sostuviera hace poco Louis Althusser?

La pregunta todavía pendiente entre nosotros es la del balance del estalinismo, y – sin confundir el uno con el otro – del maoísmo. “Del tiempo de Stalin,” escribes en tu libelo contra Sarkozy, “hay que decir que las organizaciones políticas obreras y populares se llevaban infinitamente mejor, y que el capitalismo era menos arrogante. Incluso no hay comparación.” La fórmula es, por supuesto, provocadora. Pero si bien es indiscutible que los partidos y sindicatos obreros eran más fuertes en el “tiempo de Stalin”, este hecho simple no permite decir si fue gracias o a pesar de él, ni sobre todo, lo que su política costó y todavía cuesta a los movimientos de emancipación. Tu planteamiento en Libération es más prudente: “Mi único reconocimiento a Stalin: él daba miedo a los capitalistas.” Es aún así un reconocimiento excesivo. ¿Era Stalin quien daba miedo a los capitalistas, o era otra cosa?: las grandes luchas obreras de los años treinta, las milicias obreras de Asturias y Cataluña, las manifestaciones del Frente Popular. El miedo a las masas, en suma. En numerosas circunstancias, Stalin no sólo no dio miedo a los capitalistas, sino que fue su auxiliar: en los días de mayo de 1937 en Barcelona, del pacto germano-soviético, del gran reparto de Yalta, del desarme de la resistencia griega.

Estas diferencias de juicio sobre el sentido y el alcance del estalinismo son la consecuencia de una aproximación diferente a la historia. Tú registras una sucesión de secuencias – el comunismo-movimiento en el siglo 19, el comunismo-estatal en el 20, la hipótesis comunista abierta hoy – sin preocuparte demasiado de los procesos sociales que obraron allí y las orientaciones políticas que allí se encontraron opuestas. La jugada es de importancia, sin embargo, no para el pasado, sino para el presente y el futuro: ni más ni menos que la comprensión del fenómeno burocrático y de los “peligros profesionales del poder”, con el fin de mejor resistirlos, aunque sin garantía de lograrlo.

Reduces tu crítica del estalinismo a una cuestión de método: “No podemos dirigir la agricultura o la industria con métodos militares. No podemos pacificar una sociedad colectiva a través de la violencia de Estado. Lo que hay que examinar, es la elección de organizarse en partido, lo que se puede llamar la forma-partido.” Acabas así regresando a la crítica superficial de los ex-eurocomunistas desengañados que, renunciando a tomar la medida de lo históricamente inédito, achacan las tragedias del siglo a una forma partidaria y a un método organizacional. ¿Bastaría pues con renunciar a la “forma-partido”? Como si un acontecimiento tan importante como una contrarrevolución burocrática, saldada por millones de muertos y de deportados, no levantara interrogantes de diferente alcance sobre las fuerzas sociales operantes, sobre sus informes en el mercado mundial, sobre los efectos de la división social del trabajo, sobre las formas económicas de la transición, sobre las instituciones políticas.

¿Y si el partido no era el problema, sino un elemento de la solución? Porque hay partido y hay partido. Para que se impusiera a partir de 1934, el “Partido de los vencedores” y de la Nomenklatura, hubo que destruir muy metódicamente, a través de los procesos, las cancelaciones, las deportaciones y las ejecuciones masivas, lo que fue el Partido Bolchevique de octubre. Hubo que aniquilar, una detrás de otra, las oposiciones. Hizo falta, a partir del Quinto Congreso de Internacional Comunista, bajo pretexto falaz de la “bolchevización”, militarizar los partidos y la Internacional misma.

Un partido puede, por el contrario, ser el medio – imperfecto, por cierto – de resistir al poder del dinero y de los medios, de corregir las desigualdades sociales y culturales, de crear un espacio democrático colectivo de pensamiento y de acción.

Tú mismo compruebas los límites de las alternativas a la “forma-partido”: “Por más que se hable de red, tecnología, Internet, consenso, este tipo de organización no ha dado pruebas de su eficacia.” No te queda más, mientras tanto, que comprobar que “los que no tienen nada,” tienen “sólo su disciplina, su unidad.” Parece curioso abordar así el problema de la organización política bajo el ángulo de la disciplina, para concluir que “el problema de una disciplina política que no sea calcada sobre la militar está abierto.” Estamos muy lejos hoy, la mayoría de las organizaciones de la izquierda revolucionaria, de la disciplina militar y sus mitologías. La cuestión de la disciplina está subordinada a la de la democracia: la unidad (la disciplina) en la acción es la puesta en práctica que distingue la deliberación democrática de la habladuría y del intercambio simple de opiniones. Es lo que se obstinan a no comprender aquellos para quiénes la fórmula del centralismo democrático – más allá de su desnaturalización en centralismo burocrático – evoca una disciplina militar, mientras que centralismo la y democracia, lejos de ser antonómicos, son dos aspectos indisociables del mismo proceso.

Habiendo imputado a la “forma-partido” las malas acciones del estalinismo y expresado tu escepticismo hacia las redes consideradas como su reemplazo, sería interesante conocer tu propia concepción de la organización, ya que l'Organisation Politique [colectivo fundado por Badiou; véase la nota biográfica al final de éste escrito], por su propio nombre, evoca una forma de colectivo que no sería ni partido ni red.

Al fin de la entrevista, deseas al NPA un resultado electoral del 10% que ocasionaría “un poco de desorden en el juego parlamentario.” Sin embargo, fiel a tu principio de no participar en el juego electoral, anuncias tu negativa a contribuir: “Será sin mi voz.” También habías deseado, en el 2005, la victoria del NO al Tratado Constitucional Europeo, sin aportar a ello tampoco tu sufragio. Algunos podrían ver allí una coquetería o una inconsecuencia. Se trata en realidad de una posición consistente, y resumes bien sus fundamentos en la entrevista: Se trata de evitar un escollo doble, “definirse a partir del Estado” y “jugar el juego electoral.”

En cuanto al primer punto, estamos de acuerdo. El NPA no se define a partir de ni en función del Estado, sino a partir de los intereses de clase, de las movilizaciones “desde abajo”, de la autoemancipación, de lo que llamamos una política del oprimido. En cuanto al segundo punto, todo depende de lo que se entienda por “jugar el juego electoral”. Si jugar este juego es simplemente participar en elecciones, el hecho es que lo jugamos en la medida en que consideramos que las relaciones de fuerza electorales participan, de un modo deformado, de las relaciones de fuerzas entre clases. Pero si jugarlo es subordinar la autoorganización y la lucha a los cálculos y a las alianzas electorales, entonces no lo jugamos. Y es esto de lo que se nos reprocha cuando se nos acusa de “hacerle el juego a Sarkozy” bajo el pretexto de que nos negamos a toda coalición mayoritaria en el ejecutivo con el Partido Socialista.

A ambos escollos anteriores, añades un tercero, con el que estaremos de acuerdo: “Saber resistir al fetichismo del movimiento, el cual es siempre la antecámara de la desesperación.” En efecto, combatimos consistentemente “la ilusión social” que opone de forma caricaturesca un movimiento social, limpio y sano, a la lucha política, sucia y comprometedora por naturaleza. Lo que hay ahí es una evasión de la política en una coyuntura de derrota y de reflujo, haciendo de la impotencia una virtud.

Tu conclusión sobre el NPA pone en relieve una intención y un pronóstico arriesgado: “Esta combinación de la vieja forma-partido de justificación marxista, y de un juego político tradicional (participación en las elecciones, gestión del poder local, infiltración de los sindicatos) sencillamente nos regresa al viejo Partido Comunista de hace cuarenta años.” Dejémos a un lado eso de la “infiltración de los sindicatos,” que recupera una vieja fórmula de la burocracia sindical, como si los militantes revolucionarios que participan en la construcción de un sindicato con sus compañeros de trabajo fuesen allí cuerpos extraños. Y concentrémonos en tu proposición final: “Por ahora, lo que cuenta, es practicar la organización política directa en medio de las masas populares y de experimentar nuevas formas de organización.” Esto cuenta, en efecto. Y es lo que hacen al diario todos los militantes comprometidos en las luchas sindicales, en el movimiento altermundialista, en las luchas por la vivienda, en redes como Education Sans Frontières, en el movimiento feminista o ecologista.

¿Pero es suficiente? ¿El “fetichismo del movimiento” al que dices temer, no es acaso consecuencia de la renuncia a darle forma a un proyecto político – que se llame éste forma-partido, organización, frente, movimiento, es lo mismo – sin el cual la política, tan fuertemente invocada, sería sólo una política sin política?

Leer el original en francés...

Leer más en español:
Entrevista a Bensaïd (2007)
Badiou, sobre la actual crisis económica mundial
Colectivo "badiouista" sudamericano

Alain Badiou es uno de los más importantes filósofos de la actualidad, dramaturgo y novelista francés, y miembro fundador de l'Organisation Politique, colectivo post-maoísta que promueve la auto-organización obrera y de los inmigrantes en Francia (cuyo portal en Internet actualmente no funciona; aquí una traducción al inglés de una declaración del 2005). Su obra más importante es El ser y el acontecimiento, cuya segunda parte, Lógica de los mundos, es también uno de sus libros más recientes.

Daniel Bensaïd es un reconocido filósofo marxista francés de tendencia trotskista, miembro de la Liga Comunista Revolucionaria y del Nuevo Partido Anticapitalista. Uno de sus libros recientes traducidos al español es Cambiar el mundo.

José A. Laguarta Ramírez es miembro de la Junta Editora de la Revista Apuesta.

Antonio Carmona Báez
es co-director ejecutivo del Instituto Internacional para la Investigación y Educación, y Representante Internacional de la Revista Apuesta. Es autor de State Resistance to Globalisation in Cuba.